Posteado por: escueladeinteligenciasmultiplesyholisticas | febrero 24, 2011

Los Componentes Del Aprendizaje

Nos dice Ael Cortése, referente número En el proceso de aprendizaje intervienen diversos elementos, y de la interacción entre éstos depende el éxito de ese proceso.
Los elementos que intervienen en el aprendizaje, como lo conocemos hasta hoy, pueden ser clasificados de esta manera:
COGNOSCITIVOS:
1) Los datos, informaciones y habilidades que se deben estudiar y comprender.
2) Las técnicas y estrategias de exposición y de estudio (didáctica) a través de las cuales se aprende.
3) Los soportes materiales y tecnológicos de que se dispone para desarrollar la enseñanza.
AFECTIVOS:
1) La forma en que se relacionan profesores y alumnos.
2) La forma en que se relacionan los alumnos entre sí.
3) La constitución familiar de cada alumno.
4) El interés y la motivación que tenga el alumno respecto a cada materia.
SOCIALES:
1) El tipo de escuela en la que se imparten las clases.
2) La situación social de los alumnos.
3) La situación económico-social de los profesores.
Teniendo en cuenta estos factores que constituyen el proceso de aprendizaje, podemos hablar de integralidad o parcialidad en la educación, o también, distinguir que instrucción no es lo mismo que educación; aquélla se refiere al pensamiento, y ésta incluye a los sentimientos y las emociones.
Con frecuencia utilizamos el adjetivo «integral» para distinguir algunos productos (el pan, las reservas naturales, la educación) de otros que
consideramos parciales, reduccionistas, unilaterales, o poco naturales. Pero, ¿qué significa exactamente cuando lo aplicamos a la educación? Responder que «instruir no es lo mismo que educar» tampoco es demasiado explícito.
La Inteligencia Emocional plantea la necesidad de educar en «actitudes y valores» en contraposición a la mera instrucción de contenidos. Pero cualquier programa de esta naturaleza no podría ser seguido burocráticamente, es decir, que se explicaran los valores, se describieran las actitudes o se memorizaran las normas como si se tratara de los grandes ríos de Europa o del teorema de Pitágoras.
¿Cómo cubrir, por lo tanto, la distancia entre educación e instrucción? Es más: ¿cómo hay que educar las actitudes, los valores y las normas individuales para que sean coherentes con actitudes, normas y valores colectivos, de manera que obtengamos una sociedad mínimamente cohesionada?
Antes era más fácil: los valores individuales y los colectivos se podían deducir de ciertos principios dogmáticos o sagrados (míticos, religiosos, metafísicos o épico-patrióticos…). La raza, la religión, la patria, el sexo, la razón, la cultura… eran presentados como los cimientos de unos valores y normas de conducta a la vez individuales y colectivos.
Los que no se aceptaban estos principios eran tachados, con mucha frecuencia, de heterodoxos (que etimológicamente significa «el que tiene otra opinión»), o de marginales. Y eran castigados o marginados. Pero en la sociedad de la tolerancia, eso ya no puede funcionar así.
Algunos opinan que, precisamente en una sociedad democrática, en la que los actos de pensar, de expresarse, de manifestarse, de asociarse, constituyen derechos personales y, por tanto, libertades reconocidas, es donde más conviene predicar ciertos mitos que aseguren la cohesión social, y que obliguen a los demás, aunque sea suavemente, a integrarse. Pero obtendríamos así una sociedad cohesionada de manera paternalista, en la que los valores no serían la comunicación humana, el gozo artístico o la emoción de la fiesta, o del deporte, o el sentido de la trascendencia, sino tal lengua, tal literatura, tal fiesta obligatoria, tal club deportivo paradigmático o tal dios del lugar.
En una sociedad que queremos democrática y tolerante, es necesario que se practique un cultivo de las emociones, los sentimientos y la voluntad con el fin de aceptar el bien común, aunque no coincida con nuestros intereses individuales.
Son de la misma opinión los pensadores de la democracia (los sofistas griegos, los ilustrados), quienes la unieron indisolublemente a la igualdad y a la opinión de que la virtud y la excelencia personal no son naturales, o de nacimiento, sino que son un cultivo y, por tanto, pueden ser educadas.
Y hay que cultivar los valores, pero también las emociones vinculadas a ellos: la felicidad que les rodea, la alegría que destilan ciertas actitudes, la grandeza que comporta la solidaridad o la autonomía personal, la sensación gratificante de tener amigos y satisfacción de tratarlos bien, el gozo del saber y la alegría del descubrimiento…
En otras palabras, es necesario preparar a los jóvenes para la vida y no dejar al azar la educación emocional de nuestros jóvenes.

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